Historia
¿Quién lleva la batuta en la crónica del alfajor? La historia arranca lejos, en el Oriente próximo, donde los árabes ya horneaban esas galletas de miel y frutos secos. (¿Te lo imaginás?) Con la conquista, los españoles los introdujeron en Europa, y allí los moriscos los mantuvieron vivo, como un eco de la península. Pero el verdadero vuelco se dio en la América colonial; allí, la mezcla con la tradición del Río de la Plata convirtió al alfajor en algo más que una simple galleta. Se sustituyó la miel por harina de trigo y manteca, y apareció el dulce de leche, inventado a mediados del siglo XIX, como el corazón pegajoso del postre. La ola migratoria italiana y española del siglo XIX le dio la firma definitiva: rellenos generosos de ese dulce, cubiertos con chocolate o con azúcar impalpable. Cuando Havanna, en los años treinta, empezó a producir la versión chocolateada a gran escala, el alfajor dejó de ser sólo repostería y se transformó en emblema de la argentinidad. ¿Quién hubiera pensado que una receta tan itinerante acabaría por representar a todo un país?
Ingredientes
Si querés montar un alfajor que valga la pena, necesitás 250 g de harina de trigo, 100 g de manteca a temperatura ambiente, 80 g de azúcar, una cucharadita (unos 5 g) de polvo de hornear y una pizca de sal. Sumá un huevo de aproximadamente 55 g y una cucharadita de esencia de vainilla (5 ml). El protagonista, sin dudas, es el dulce de leche: 300 g de uno reposado al menos doce meses, que marca la diferencia. Para la cobertura, podés añadir 50 g de coco rallado (opcional, pero le da un toque distintivo) y 150 g de chocolate al 70 % de cacao. Cada ingrediente tiene su razón de ser, y el conjunto crea la armonía que todos buscamos en la mesa.
Preparación
Empezá batiendo manteca y azúcar hasta lograr una crema ligera, como si intentaras atrapar una ilusión dulce. Luego, incorporá el huevo y la vainilla, mezclando bien hasta que la masa quede homogénea. Tamizá harina, polvo de hornear y sal; cuidá de no formar grumos, porque eso arruina la textura. Con movimientos envolventes, integrá los secos a la crema, evitando que la masa se apelmace. Formá una bola, envolvela en film y dejála reposar en la heladera unos 30 minutos. Mientras tanto, precalentá el horno a 180 °C. Extiende la masa sobre una superficie enharinada hasta que tenga unos 3 mm de grosor y recortá discos de 4 cm con un cortapastas. Colocá los círculos en una bandeja con papel manteca y horneá de 10 a 12 minutos, hasta que los bordes adquieran un tono dorado. Dejá que se enfríen totalmente; después untá generosa capa de dulce de leche en la cara plana de una mitad y cubrí con el otro disco, presionando ligeramente. Para la cobertura, fundí el chocolate a baño María o en el microondas (30 s, removiendo cada 10 s) y bañá cada alfajor, o bien espolvoreá con coco rallado o azúcar impalpable según tu gusto. El chocolate debe endurecerse a temperatura ambiente antes de servir.
Variantes
El alfajor, como la propia Argentina, se reinventa en cada región. En el NOA, por ejemplo, se prefiere el azúcar impalpable y el relleno combina dulce de leche con nuez picada, creando una textura crujiente. En el Litoral, la mezcla lleva coco rallado y la cobertura es merengue italiano, una combinación que deja a cualquiera pidiendo más. La Patagonia, con su clima frío, incorpora un 30 % de harina de maíz en la masa y la cubre con chocolate amargo para equilibrar la dulzura. Mendoza, por su parte, lo hornea en forma de rosquilla, lo baña en azúcar glas y lo rellena con dulce de membrillo, una versión que suena a tradición local. Si buscás sofisticación, probá sustituir un 30 % de la harina por almendra, mezclar el dulce de leche con un chorrito de licor de naranja y terminar con chocolate y pistachos troceados. Cada variante es una invitación a jugar con los sabores y a crear el alfajor que te recuerde a tu propia historia gastronómica.












