El mole poblano es de Puebla, eso no se discute. Pero su leyenda —sí, porque acá hay más mito que receta— arranca en el siglo XVI, cuando unos monjes franciscanos se mandaron este quilombo de salsa para dejar boquiabierto a un obispo que andaba de visita. ¿Qué tiene de especial? Todo. Y nada que ver con mezclar ingredientes al tuntún: chiles, especias, chocolate, frutos secos, y una paciencia que hoy nadie tiene (vos probá hacerla un domingo a la tarde con el partido de fondo y me contás).
La magia está en cómo esos sabores chocan, se abrazan y terminan bailando juntos. No es un plato cualquiera: se sirve en bodas, en fiestas, en esos inviernos mexicanos donde el frío te cala hasta los huesos. Y ojo, porque la frescura de los ingredientes no es un detalle —es la diferencia entre un mole memorable y uno que te hace arrepentirte de haber nacido—. Los franciscanos, astutos, lo sabían: con eso impresionaron al obispo, y de paso inventaron un símbolo de la cocina mexicana que sigue dando qué hablar.










