Octubre arranca con el subte demorado en la línea B y esa manía tuya de querer controlar hasta el milímetro de polvo que entra por la ventana. La Luna y Venus se cruzan de vereda en tu cielo, sacudiendo esa identidad prolija que armaste para sobrevivir al quilombo porteño. Pará un poco la pelota. ¿Quién te creés que sos, el dueño del reloj universal? No todo lo que brilla merece tu planilla de Excel ni cada error ajeno es una afrenta personal que amerita tu pulida crítica constructiva. Ojo con ensañarte con el detalle absurdo mientras dejás pasar el tren principal; la neurosis no es una medalla al mérito laboral. Aflojá las mandíbulas, salí a caminar por Parque Lezama sin mirar el celular (total, ya sabemos que vas a llegar tarde igual) y comete unas empanadas de carne cortada a cuchillo en la vereda. Nadie se muere si una coma sale mal, pero tu salud mental te pide tregua a gritos. Ordená adentro, dejá que el afuera se desacomode un rato y date el lujo de no tener la respuesta justa para todo. Soltá el fórceps emocional de una buena vez.