Adolfo Bioy Casares: el hechicero que inventó islas imposibles
El nombre de Bioy Casares suena a biblioteca polvorienta, a páginas que se abren solas en la madrugada. Lo escuchaste mil veces, seguro: en la facultad, en algún café de San Telmo, o porque tu tío el lector compulsivo no para de recomendarte La invención de Morel como si fuera la cura para el insomnio. Y vaya si lo es. Esa novela —una isla que no existe, una máquina que repite el tiempo, un amor condenado a repetirse como un disco rayado— es el tipo de historia que te deja mirando el techo a las tres de la mañana, preguntándote si la realidad no será también una proyección. Pero Bioy no era solo un escritor de ideas brillantes. Era un tipo que escribía con la elegancia de quien sabe que la literatura es un juego serio, un tramposo que escondía sus cartas bajo la manga con una sonrisa de medio lado.
Nació en Recoleta en 1914, en una de esas familias donde el dinero no alcanzaba para comprar la felicidad, pero sí para rodearse de libros. Su padre, un empresario que entendía más de números que de versos, y su madre, una católica de convicciones tan firmes que hasta hoy hay quien jura que leía a Chesterton en latín. El pibe Adolfo, en cambio, devoraba a Wells, a Poe, a los franceses malditos. A los diecisiete ya había publicado Prólogo, un libro de cuentos que pasó sin pena ni gloria (como pasa con casi todo a esa edad), pero que dejaba claro algo: este tipo no iba a escribir sobre la vida cotidiana. Iba a inventar mundos donde lo cotidiano se desmoronaba como un castillo de naipes.
El golpe maestro llegó en 1940. La invención de Morel no era solo una novela; era un misil dirigido al corazón de lo que después llamarían "realismo mágico". Un fugitivo llega a una isla desierta y descubre que los "habitantes" son proyecciones de una máquina infernal. La trama suena a ciencia ficción barata, pero la prosa de Bioy —fría, precisa, sin un gramo de sentimentalismo— la convertía en algo distinto. Borges, que no solía regalar elogios, escribió en el prólogo que era "la mejor novela escrita en español". Y Borges no era de exagerar. (Aunque, claro, tampoco era de quedarse callado si algo no le gustaba). La novela inspiró a Cortázar, a García Márquez, a medio continente. Pero lo más gracioso es que Bioy nunca se tomó demasiado en serio el asunto. "Es una historia de amor", decía, como si eso lo explicara todo.
El encuentro con Borges en 1932 fue un antes y después. Al principio, la relación era más bien tirante: dos egos literarios midiendo fuerzas en una librería de Florida. Pero con el tiempo, esa distancia se convirtió en complicidad. Juntos escribieron cuentos policiales bajo el seudónimo H. Bustos Domecq (un nombre que suena a personaje de novela negra barata), parodiaron a los intelectuales de la época en Crónicas de Bustos Domecq, y se pasaron horas inventando detectives que resolvían crímenes imposibles. Pero lo mejor no eran los libros. Eran los almuerzos en el restaurante El Querandí, las charlas interminables sobre gatos (a Borges le encantaban), las películas de terror clase B que veían en el cine Ópera, y esas bromas pesadas que solo ellos entendían. Una vez, Bioy le mandó a Borges un telegrama firmado por un supuesto crítico español que lo acusaba de plagio. Borges se lo creyó. (El pobre ya estaba casi ciego, pero eso no lo hacía menos susceptible).
En 1945 se casó con Silvina Ocampo, otra escritora del círculo de la revista Sur. La casa de los Bioy-Ocampo en la calle Posadas se convirtió en un imán para poetas, pintores y bohemios de medio continente. Ahí se cruzaban Borges, Cortázar, Wilcock, hasta el joven Piglia, que escuchaba las conversaciones como si fueran clases magistrales. Bioy, que en público era un tipo reservado, en privado era otro: contaba chistes verdes, imitaba a los políticos de turno, y tenía una debilidad por los vinos baratos. (Una vez, en un viaje a Europa, le escribió a Silvina: "Aquí el vino es caro y malo. Extraño el nuestro, que es malo y barato"). La pareja tuvo una hija, Marta, pero el matrimonio no fue precisamente un lecho de rosas. Silvina era intensa, Bioy era discreto. Ella escribía poemas sobre muertes infantiles, él prefería las tramas de espionaje con final ambiguo. Pero se bancaron hasta el final.
Bioy escribió más de cuarenta libros. El sueño de los héroes, Plan de evasión, Diario de la guerra del cerdo… Cada uno era un laboratorio de ideas: el tiempo que se repite, las identidades que se borran, los juegos de espejos entre la realidad y la ficción. Algunos críticos lo comparaban con Borges y salía perdiendo. "Bioy es más ligero", decían, como si la literatura fuera una competencia de pesas. Pero el tipo tenía una ventaja: sabía contar una historia sin que sonara a sermón. Ricardo Piglia, que lo admiraba, decía que Bioy era el escritor argentino que mejor había entendido el género policial. (Y no solo porque hubiera escrito unos cuantos, sino porque en sus novelas siempre había un crimen, aunque nadie supiera cuál).
Hay dos anécdotas que lo pintan de cuerpo entero. La primera es política: durante el peronismo, le pidieron que firmara un manifiesto a favor del gobierno. Bioy se negó. "No firmo lo que no escribo", dijo, como si fuera lo más obvio del mundo. La segunda es más íntima: Borges, ya ciego, le pedía que le leyera en voz alta todas las noches. No solo sus propios textos, sino también novelas de aventuras, historias de detectives, cualquier cosa que lo distrajera de la oscuridad. "Vos sos mi biblioteca ambulante", le dijo una vez. Y era cierto. Bioy le leía hasta que Borges se dormía, y después se quedaba escribiendo hasta el amanecer.
En 1990 le dieron el Premio Cervantes. En su discurso, habló de la literatura como un juego, pero un juego serio, de esos que se juegan con reglas inventadas y apuestas altas. Murió en 1999, a los 84 años, dejando una obra que sigue ahí, como esas islas que inventaba: imposibles, pero reales mientras las leés. Hoy sus libros se estudian en las escuelas, se traducen a veinte idiomas, se adaptan al cine. Pero lo mejor de Bioy no son los premios ni los homenajes. Es esa sensación de que, en algún lugar, hay una máquina que repite una y otra vez el mismo instante, y que si te quedás muy quieto, tal vez puedas escucharla.








