Apertura
A principios del 2002, cuando Tan de Repente irrumpió en las salas, el cine argentino se movía en una especie de limbo. Se sentía la persistencia de esa nostalgia ochentera, aferrada a todo, pero a la vez, una nueva camada de realizadores, con ganas de romper con lo comercial, empezaba a gestarse. Diego Lerman, con esa mirada tan cruda y precisa, casi quirúrgica, y su inclinación por el lenguaje documental, nos propuso una road movie que es mucho más que un simple viaje. Es una inmersión profunda en la memoria colectiva. La película, para ponerlo en palabras sencillas, importa porque, en lugar de seguir una estructura narrativa tradicional, nos presenta un mosaico de voces, fragmentos inconexos que terminan confrontando la identidad del país, esa identidad que se intentaba reconstruir con tanto esfuerzo después de la dictadura y el regreso a la democracia. ¿Acaso no es esa la esencia misma de la memoria?
Sinopsis sin spoilers
Un pibe de 23 años, Juan, decide largarse a recorrer la Patagonia en busca de su padre, un ex militar que desapareció. La ruta se convierte en un laberinto de pueblos fantasma, de paisajes desolados que te dejan sin aliento. Cada cara, cada encuentro casual, le va revelando una pieza más del rompecabezas, un fragmento de la historia argentina. La narrativa se construye sobre entrevistas, flashbacks, y esa voz del protagonista que oscila entre la incertidumbre y una esperanza, a veces, casi imperceptible. Una mezcla de sensaciones, ¿no?
Contexto
El blanco y negro, por ejemplo. Lerman no lo eligió a la ligera, como un mero capricho estético. Fue un guiño, una referencia directa a la fotografía de esa época tan oscura, a la represión. Esa ausencia de color, esa opacidad, simboliza la dificultad de recuperar los recuerdos oficiales, esos que, como sabemos, siempre están tergiversados. Y la decisión de no usar actores profesionales, sino gente de verdad, o semi-reales, le da a la película una verosimilitud que te golpea. Una fuerza que la hace sentir casi como un documental. (Aunque, claro, esa línea es cada vez más difusa, ¿verdad?). La financiación fue otro tema. Lerman se autofinanció, sí, pero también contó con el apoyo de la Dirección Nacional de Artes Visuales y de la Fundación Telefónica, que estaba buscando proyectos que pudieran arrojar algo de luz sobre la memoria histórica. El estreno en el Festival de Cine de Mar del Plata dividió al público, como suele suceder con este tipo de películas. La crítica especializada, la gente que se gana la vida opinando de cine, lo alabó por su audacia. El público general, en cambio, se sintió un poco perdido, quizás por la falta de una trama convencional, por esa necesidad de que te lo mastiquen todo.
Por qué verla hoy
Tan de Repente sigue siendo un espejo donde la Argentina se ve reflejada, un espejo que nos obliga a encarar la complejidad de nuestra propia historia. Su estructura fragmentada encaja a la perfección con esa narrativa postmoderna que nos tiene acostumbrados a saltos temporales y perspectivas múltiples. Además, anticipa esa tendencia actual de diluir los límites entre la ficción y la no ficción. Y no olvidemos la Patagonia, un territorio que en 2002 estaba lejos de ser el destino turístico que es hoy. Un paisaje agreste, casi olvidado. ¿Cómo se vive en esos confines del país? En un momento donde la memoria sigue siendo un tema central, esta obra nos recuerda que el pasado no es una entidad inmutable, sino un relato en constante reconstrucción. Al final, Tan de Repente es mucho más que una road movie. Es un ejercicio de memoria colectiva, una declaración de principios, una obra que se mantiene vigente porque ataca, con honestidad brutal, la construcción de la identidad nacional.





