Apertura
El nombre “Taekwondo” engaña al principio; lejos de ser una película de artes marciales, el film se mete de lleno en la crisis de la masculinidad urbana que se vivió en la Argentina de los años 2000. ¿Qué ocurre cuando un grupo de pibes de la clase media busca, cada fin de semana, una libertad que parece escaparse entre la pista de la piscina y la parrilla? Con un humor ácido que no se disculpa, la historia muestra cómo esas breves escapadas terminan convirtiéndose en un espejo donde cada personaje se enfrenta a sus propias inseguridades. No se trata de glorificar la violencia ni de celebrar la fiesta; más bien, la cámara sigue el vacío de esos momentos, revelando la fragilidad que se esconde bajo la fachada del “pibe duro”.
Sinopsis sin spoilers
Fernando y sus amigos llegan a la casa de campo familiar en Ezeiza. Allí, la trama se desplaza entre la piscina, la parrilla y confesiones bajo el sol incandescente. Entre cervezas, cigarrillos y anécdotas, cada uno revela lo que realmente le preocupa: el miedo a envejecer, la presión de una relación, la búsqueda de identidad. Los diálogos fluyen como una charla interminable, rozando la crudeza y el humor en igual medida. No hay un clímax de acción, pero sí un desenlace que deja al espectador pensando en la autenticidad de los lazos masculinos y en cuán lejos llega la convivencia cuando el ruido de la ciudad se vuelve silencio.
Contexto
“Taekwondo” nació cuando el cine independiente argentino empezaba a experimentar con lenguajes ajenos al drama social tradicional. La producción estuvo a cargo de un colectivo de jóvenes cineastas que también formaban parte de la escena underground de la música electrónica. Un detalle que rara vez aparece en los resúmenes de Wikipedia es que gran parte del rodaje se realizó en la casa de la tía de uno de los directores; esa circunstancia obligó al equipo a improvisar con recursos escasos. Los planos de la piscina se capturaron con luz natural, y la escena de la pelea de taekwondo fue coreografiada por un instructor que había sido amigo de la familia desde la infancia. El guion se escribió en apenas dos semanas, alimentado por experiencias reales de los propios actores, lo que le otorgó al film una textura íntima y cotidiana. La crítica se dividió: algunos la aclamaron como una sátira brillante de la masculinidad tóxica, mientras que otros la acusaron de perpetuar estereotipos y de minimizar la perspectiva femenina. La controversia no impidió que la obra encontrara una audiencia cult; con el paso del tiempo ha sido revalorada en los círculos de cine independiente como una captura fiel de la generación que vivió la crisis económica post‑2001 y buscó refugio en los veranos porteños.
Por qué verla hoy
A cuatro años de su estreno, “Taekwondo” sigue resonando porque los temas que aborda siguen vigentes: la presión de cumplir roles sociales, la dificultad de comunicar emociones y la necesidad de espacios donde la vulnerabilidad sea aceptada. La película no ofrece respuestas fáciles, pero invita a observar cómo los jóvenes de hoy construyen su identidad entre la tradición familiar y la modernidad digital. La escasa presencia de efectos especiales y la estética cruda convierten al film en una cápsula del tiempo que permite reconocer cómo la vida cotidiana de la clase media se ha transformado —o no— en la última década. Verla ahora es una oportunidad para entender una etapa de la cultura argentina marcada por la crisis, pero también por una creatividad rebelde que sigue influyendo en la narrativa contemporánea. En la conversación de bar, los silencios que aún persisten encuentran resonancia en la pantalla; la obra, con su honestidad brutal, merece ser revisitada no solo por su valor histórico, sino porque expone la fragilidad humana bajo la apariencia de una simple película de amigos en la piscina.






