Plata Quemada: el infierno en un auto camino al norte
El año 2000 lanzó al mercado argentino un golpe de efecto con Plata quemada, un thriller criminal que mezcló adrenalina, traición y una mirada cruda sobre la desesperanza. Marcelo Piñeyro, ya consolidado tras Tango feroz y Cenizas del paraíso, dirigió una obra que se convirtió en referente del género negro local. ¿Y qué hace que una película trascienda el tiempo? La historia, la dirección, los actores… todo se combina.
La trama arrancó en 1965, cuando tres amigos —Ángel (Leonardo Sbaraglia), El Nene (Eduardo Noriega) y El Ruso (Pablo Echarri)— asaltan una camioneta de valores en Buenos Aires. Lo que parece un golpe perfecto se convierte en una pesadilla cuando descubren que el dinero robado está marcado y no pueden usarlo. Sin salida, emprenden una fuga hacia el norte del país, llevando consigo casi cinco millones de dólares en billetes que, literalmente, queman en sus manos. ¿Cómo puede el dinero, que debería ser la clave para la libertad, convertirse en una carga?
Durante el trayecto, la paranoia, el hambre, el calor y las tensiones personales comienzan a desgastar el frágil vínculo entre ellos. La película explora cómo el dinero, en vez de liberarlos, los esclaviza. Desde las calles porteñas hasta los desiertos salteños, el paisaje argentino se vuelve cómplice de su decadencia moral. Sbaraglia encarna a un Ángel atormentado, entre lealtad y supervivencia; Noriega, en uno de sus primeros papeles en Argentina, interpreta a un joven inseguro y ambicioso; Echarri lleva el peso del líder carismático pero cada vez más desquiciado. Piñeyro, con su usual precisión, sabe cuándo acercarse con un plano detalle para capturar una mirada cargada de duda o traición.
La base de la película es la novela homónima de Ricardo Piglia, uno de los grandes escritores argentinos del siglo XX, conocido por fusionar el género policial con una prosa inteligente y densa. Piñeyro y el guionista Marcelo Figueras trasladaron esa tensión literaria a la pantalla con una fidelidad que respetaba el espíritu de la obra sin caer en el académico. Estrenada en plena crisis económica previa al colapso del 2001, Plata quemada resonó con una sociedad que ya sentía el miedo al descontrol, a la pérdida de todo. El dinero inútil, los sueños rotos, la desconfianza entre iguales: eran temas que, sin querer, anticipaban el clima nacional.
Técnicamente, Plata quemada fue un hito para su época. Con un presupuesto relativamente alto para el cine nacional de los 2000, la película apostó por una estética cuidada: fotografía contrastada, edición veloz y una banda sonora que mezcla música electrónica, jazz y sonidos del norte argentino. Todo contribuye a crear una atmósfera claustrofóbica, como si el calor del norte se metiera también en la sala de cine. La película sigue siendo un clásico de culto; se la sigue viendo en ciclos de cine nacional, se la estudia en escuelas de cine y se la menciona cada vez que se habla de thrillers argentinos bien logrados. No solo por su calidad técnica o actoral, sino porque capturó algo profundo: cómo el dinero puede corromper, cómo la amistad se quiebra bajo la presión y cómo, a veces, huir no es escapar, sino enterrarse en vida. Plata quemada no es solo una película sobre un atraco fallido, es una tragedia moderna, con vocación de clásico. Y sigue ardiendo, como su título lo anuncia.
Fue seleccionada como la película argentina para competir al Óscar a Mejor Película Extranjera, aunque no llegó a la final, y ganó varios premios Cóndor de Plata, incluyendo Mejor Película, Mejor Director y Mejor Guion.






