Hay rarezas cinematográficas que escapan al simple tropiezo y construyen un monumento al exceso con una sinceridad que desarma. 'Los inmortales II. El desafío' (1991), comandada por Russell Mulcahy, pertenece a esa estirpe maldita que pide rescate urgente del fondo del VHS, menos por maestría que por el desparpajo absoluto con el que dinamitó su propia mitología. Lejos de la changa alimenticia, esta secuela agarró la mística rockera del original de 1986 y la mutó en un delirio sci-fi que hoy, mirado con la distancia prudente de los años, resplandece como un objeto de estudio insoslayable sobre el caos de la industria noventosa.
Sinopsis sin spoilers
Arrancamos en un futuro cercano, más precisamente en 2024. La Tierra quedó blindada por un escudo de energía artificial que hizo pelota la capa de ozono y condenó a la humanidad a un perpetuo crepúsculo gris. En semejante páramo postapocalíptico, Connor MacLeod (Christopher Lambert) es un viejo achacoso que transita sus últimos días con la resignación de quien ya vio demasiado. ¿Cuánto dura la paz? Nada. Desde el lejano planeta Zeist, el tiránico general Katana (Michael Ironside) mandó a sus esbirros para cobrar cuentas pendientes de hace quinientos años. La única carta brava del protagonista para recuperar la juventud y salvar el planeta depende de reencontrarse con su mentor, Juan Sánchez Villa-Lobos Ramírez (Sean Connery), en una trama que cruza portales espaciales, corporaciones corruptas y espadas filosas.
Contexto y producción
El rodaje salió de una pesadilla policial. Filmada mayoritariamente en Argentina —sí, en Buenos Aires y alrededores—, la película bancó los trapos de una coproducción internacional tan ambiciosa como desorganizada. Durante esas semanas, el director Russell Mulcahy amagó con renunciar al set varias veces debido a recortes de presupuesto, broncas creativas con los productores franceses y la soga al cuello con los tiempos. De hecho, la recordada secuencia del subte porteño convertido en set futurista salió adelante en medio de una tensión logística monumental con los gremios locales y las autoridades de transporte. La leyenda urbana asegura que, tras ver el primer corte en funciones de prueba en Estados Unidos, la platea abucheó tanto que el estudio secuestró el material y lo reeditó a los ponchazos, un manotazo de ahogado que dejó cicatrices letales en el montaje definitivo.
Recepción y por qué verla hoy
La crítica la destrozó sin piedad en su estreno mundial y los fanáticos históricos la vivieron como una traición imperdonable. Al inventar que los Inmortales venían de Zeist, el guion escupió sobre la mística urbana y terrenal que había atrapado a todos cinco años antes. Sin embargo, el tiempo opera como un filtro curioso. Hoy se la mira con una sonrisa cómplice, celebrando su audacia plástica, la estética industrial berreca y el compromiso histriónico de Lambert y Connery, que parecen pasarla bomba en medio del naufragio. No hablamos de una obra maestra oculta, sino de una pieza de arqueología pochoclera que nos devuelve a esa época en la que el cine de acción se animaba a cualquier disparate sin pedir permiso. Vale la pena darle play, aunque sea para entender cómo se estrella una franquicia con estilo propio.




