La flor: el experimento cinematográfico que desafió el tiempo y la paciencia
En 2018, el cine argentino vivió un acontecimiento tan ambicioso como inusual: el estreno de La flor, una película que no solo desafió las convenciones del formato, sino también la manera en que el público consume el cine. Dirigida por Mariano Llinás, esta obra monumental —de 808 minutos aproximadamente, dividida en seis episodios— se convirtió rápidamente en un fenómeno cultural, un objeto de culto y un desafío para cualquier espectador con menos de seis horas libres.
La película cuenta con cuatro actrices centrales —Elisa Carricajo, Valeria Correa, Pilar Gamboa y Laura Paredes— que encarnan a una banda de espías internacionales. Pero La flor no es una sola historia: es seis. Seis capítulos independientes, con géneros, tonos y tramas completamente distintos. El primero es una parodia de series de espionaje; el segundo, una historia de terror gótico; el tercero, un melodrama romántico; el cuarto, un thriller de acción; el quinto, una comedia musical; y el sexto, inacabado, promete ser algo aún más inesperado. Esta estructura fragmentaria y experimental es el corazón del proyecto.
Mariano Llinás, conocido por su estilo narrativo laberíntico y su amor por la digresión (ver su anterior Historias extraordinarias), llevó esta estética al extremo. Filmada durante más de una década, con rodajes intermitentes y un presupuesto ajustado, La flor es un acto de resistencia frente al cine industrial. No se trata de una película que busque taquilla, sino de un experimento artístico que explora los límites del tiempo, la ficción y la permanencia.
El contexto histórico en el que se gestó también es clave. Nacida en los márgenes del sistema de producción tradicional, La flor fue posible gracias al apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) y a la dedicación de un grupo de actores y técnicos que acompañaron el proyecto durante años. En una industria marcada por recortes y precarización, esta película se erigió como un símbolo de persistencia creativa. Además, su estreno en salas —primero en formato episódico, con funciones especiales— generó una experiencia colectiva rara en el cine contemporáneo: espectadores que volvían semana tras semana, construyendo una comunidad alrededor de la obra.
A nivel internacional, La flor fue celebrada en festivales como el de Locarno, donde generó debates, admiración y algún que otro bostezo. No ganó grandes premios, pero su impacto crítico fue indudable. Fue seleccionada como la mejor película argentina de la década por múltiples revistas y críticos, y su promedio de 7.2 en plataformas como TMDB refleja una recepción sólida, aunque no masiva.
Culturalmente, La flor es mucho más que una película larga. Es una declaración de principios: el cine puede ser lento, puede ser difícil, puede exigir tiempo y atención. En tiempos de streaming y series de 40 minutos, esta obra recupera la idea del cine como evento, como ritual. Además, el rol central de cuatro actrices —que se transforman, juegan, improvisan— pone el foco en la potencia del cuerpo femenino en la creación cinematográfica.
Hoy, La flor sigue creciendo. Su sexto episodio aún no se estrena, dejando abierta la posibilidad de que la obra nunca termine del todo. Quizá esa sea su mayor enseñanza: que algunas historias valen la pena aunque no lleguen a su fin.





