Apertura
Homo Argentum no es otra película más del cine nacional. Es un mapa, sí, pero también un cachetazo bien dado: te obliga a mirarte en un espejo que no te va a gustar. Ese espejo está roto, y cada pedazo te devuelve una versión distinta de lo que creés que sos. En un país donde la identidad se arma con la nostalgia del tango, el asado como ritual y la bronca de siempre, esta película se vuelve casi un acto de resistencia. No es arte abstracto (¿o sí, pero del que duele?). Es la vida cotidiana convertida en un rompecabezas donde las piezas no encajan, pero igual las juntamos con saliva y mate.
La sonrisa amarga aparece cuando menos la esperás. Ahí está el tipo que discute en la plaza sobre el pasado como si fuera un partido de fútbol, o el que se queja del presente mientras se clava un choripán en la Costanera. Homo Argentum no te suelta. Te agarra de la solapa y te dice: "Mirá, esto es lo que somos, con nuestras contradicciones y nuestros mitos de cartón". Y lo peor es que tiene razón.
Sinopsis sin spoilers
Dieciséis mini-películas. Dieciséis formas de decirte que no hay una sola manera de ser argentino, pero que todas duelen un poco. Cada segmento tiene su propio protagonista, su ritmo, su estilo —desde el tipo que intenta vender recuerdos de la dictadura en un mercado de pulgas (sí, como lo oís) hasta la abuela que se vuelve influencer de empanadas y termina con más seguidores que un diputado—. La cosa es así: te reís, pero al rato te das cuenta de que lo que te hizo gracia es lo mismo que te avergüenza.
Hay comedia, claro, de esa que duele. Y hay realidad cruda, de la que te deja pensando en el colectivo. El ritmo no afloja: es como si te estuvieran contando dieciséis chistes seguidos, pero el remate de cada uno te deja con la boca abierta. No te da tiempo a acomodarte en la butaca. Te sacude. Te pregunta cosas que no querés responder. Y cuando terminás, seguís escuchando las voces de esos personajes en tu cabeza, como un zumbido molesto.
(¿Viste cuando alguien te dice algo que no querés escuchar y después no podés sacártelo de la cabeza? Bueno, esto es peor).
Contexto
2022. Pandemia. Restricciones. Y Alejandro Rojas, que venía de hacer publicidad y decidió que el cine no tenía por qué ser un lujo. Así que agarró dieciséis cámaras baratas, se fue a filmar a Villa Crespo, Palermo, el Conurbano, y armó esto como quien arma un asado con lo que tiene a mano. Sin permisos, sin dramas, sin esa burocracia que a veces parece hecha para que nada se filme. El INCAA le dio un empujón con ese programa "Cine en tiempos de crisis" —una de esas ideas que, cuando funcionan, parecen obvias—.
La crítica se partió al medio. Unos decían que era genial, esa mezcla de humor y crítica social que solo acá se puede hacer. Otros, que era un quilombo sin cohesión. Pero el público, ese que siempre sabe más que los que escriben en los diarios, la adoptó como si fuera un amuleto. Sobre todo los pibes de la generación del milenio, que se la pasaron por Instagram y TikTok como si fuera un secreto que había que compartir. Con el tiempo, la película se volvió mejor. Esas referencias al 2001, a la pandemia, a la crisis que nunca termina... Resonaron más fuerte. Hasta la estética de video casero, que al principio algunos vieron como un defecto, terminó siendo un acierto. Un guiño, una decisión, un "esto también es Argentina".
(¿O acaso no es más real un video grabado con un teléfono que una producción de Hollywood con actores de plástico?).
Por qué verla hoy
Estamos en 2026 y la Argentina sigue siendo un país que se debate entre lo que fue, lo que es y lo que nunca va a ser. Homo Argentum sigue ahí, como un fantasma incómodo, preguntándote cosas que preferirías no responder: ¿Qué carajo significa ser argentino cuando hasta el discurso oficial suena a eco de algo que ya no existe? ¿Cómo se hace para reírse de uno mismo sin olvidarse de que hay cosas que no tienen gracia?
No te va a dar respuestas. Te va a dejar con más preguntas, y eso está bien. Porque el formato —esos dieciséis micro-episodios— es perfecto para esta época en la que nadie tiene paciencia para nada, pero todos tenemos tiempo para scrollear. Verla hoy es, en el fondo, un acto de rebeldía. No es una película para pasar el rato. Es una invitación a mirarte, a reconocerte en esos personajes que son, al final, un poco vos, un poco tu vecino, un poco ese tipo que te cruzas en el kiosco y te saluda como si te conociera de toda la vida.
Si querés reírte, pensá, y sobre todo sentir que no estás solo en este quilombo, dale una oportunidad. No te va a dejar indiferente. (Y si lo hace, es porque no prestaste atención).





