Apertura
Hay algo en El Tercero que te agarra de las solapas y no te suelta. No es solo el escenario —un edificio cualquiera, una noche que podría ser cualquier noche— sino cómo lo convierte en un campo minado de miradas. Ahí, el silencio no es ausencia: es un personaje más, pesado, incómodo. La tensión no estalla; se cocina a fuego lento, como un guiso que nadie pidió pero todos terminan probando. En un país donde lo gay todavía se debate entre el cliché y el morbo, la película no ofrece atajos. No te da respuestas, ni siquiera preguntas claras. Te deja con esa sensación molesta de estar espiando algo que no terminás de entender, algo que se está armando frente a tus ojos. ¿Será ese el truco? No edulcorar nada. No caer en el cuento de hadas. Forzarte a mirar lo que duele, lo que no encaja, lo que todavía no tiene nombre. Y eso, justamente eso, la hace necesaria hoy.
Sinopsis sin spoilers
Fede tiene veintitrés años y una noche que no planeó. Se cruza con una pareja por un chat, acepta la invitación, y termina en un departamento céntrico donde Martín y su compañero lo reciben como si fuera un invitado inesperado. Lo que empieza como una charla trivial se va enrareciendo: las miradas se clavan, los silencios se alargan, las palabras sobran. Fede se expone sin darse cuenta, se desnuda de otra manera. No es solo piel con piel; es la intimidad como un rompecabezas donde las piezas no terminan de encajar. ¿Qué más es, si no? Un montón de historias que nadie dice en voz alta, pero que están ahí, flotando entre los tres.
Contexto
Cuando El Tercero se estrenó en 2022, el ruido fue fuerte. Para unos, era una obra maestra —la paciencia de Lucía Berg para construir la tensión en cada plano, ese ritmo que te ahoga—. Para otros, puro voyeurismo, un aprovechamiento barato de la fragilidad de los personajes. La película esquivó los festivales tradicionales y se coló en salas independientes de Buenos Aires, como si supiera que el debate no era solo sobre su calidad, sino sobre cómo se distribuye lo queer en el cine local. (¿O acaso alguien se acuerda de cuántas películas LGBTQ+ llegaron a los cines comerciales el año pasado?).
Hay un detalle que nadie menciona: el rodaje se hizo en doce días, en el vestíbulo de un edificio sobre Corrientes. Doce días. Berg decidió filmar en tomas largas, sin cortes, y los actores tuvieron que improvisar durante minutos enteros. "Quería esa sensación de tiempo real, de presión psicológica constante", le dijo a Revista Cine en 2023. No es fácil trabajar así. No es fácil sostener la mirada cuando el encuadre no te salva.
Y después está la plata. La película se financió con un crowdfunding que apuntó a colectivos LGBTQ+ de la zona. Recaudaron treinta mil pesos —una miseria, si lo pensás—, pero suficiente para armar un equipo chiquito y comprometido. Una forma de producir que ya casi no existe, y que nadie incluye en los resúmenes oficiales. Como si eso no importara. Como si el cómo no fuera parte de la historia.
Por qué verla hoy
Tres años después, El Tercero sigue ahí, dando vueltas. No es solo una película sobre un encuentro gay; es una película sobre cualquier encuentro donde la vulnerabilidad se vuelve moneda de cambio. En un momento en que la representación queer avanza a los tumbos —entre el pinkwashing y la autenticidad—, la película te clava una mirada incómoda. Te obliga a preguntarte: ¿dónde están los límites del consentimiento? ¿Qué papel juega el espectador? ¿Cuánto de lo que vemos es performance y cuánto es real?
Las tensiones de la pantalla son las mismas que vivimos afuera. La ansiedad de ser observados, el miedo a que no nos entiendan, esa necesidad desesperada de que alguien, aunque sea por un segundo, nos vea. La estética de Berg —tomas largas, sin música, sin escape— te arrastra al centro de la escena. No te deja ser un mero espectador. Y eso, justamente, es lo que inspiró a un montón de cineastas jóvenes. No es una película para ver y olvidar. Es un espejo que te devuelve una imagen que no siempre querés ver: la intimidad como construcción social, como acto de valentía, como algo que duele. Si buscás algo que te quede pegado después de los créditos, acá está. Pero no digas que no te avisé.





