El Ángel: la belleza del mal en el cine argentino
Hay películas que eligen la comodidad del didactismo moral y hay otras, bastante más raras y peligrosas, que prefieren entrar al terreno del mito por la puerta de atrás. El Ángel (2018), dirigida por Luis Ortega, pertenece por completo a esta segunda estirpe. No busca explicaciones sociológicas ni pide perdón por retratar la psicopatía con una pátina de irresistible sensualidad pop. Su peso específico en nuestra cinematografía contemporánea radica en cómo dinamitó el relato tradicional del policial argentino: acá no hay comisarios agobiados ni bajadas de línea sobre la pobreza. Hay, en cambio, un festín estético donde la muerte se consume al ritmo de Palito Ortega y Sandro.
Sinopsis sin spoilers
Carlitos es un pibe de diecisiete años con cara de querubín, rizos rubios y una inocencia aparente que desarma a cualquiera. Lejos de preocuparse por el futuro o seguir el mandato familiar, su temprana adolescencia encuentra un propósito muy claro: ser un ladrón. Lo hace con la naturalidad de quien respira, coleccionando objetos ajenos y entrando a casas ajenas como si fuera el dueño legítimo de todo. La trama despega de verdad cuando conoce a Ramón en una escuela secundaria. Con él forma una dupla criminal magnética, un tándem donde la fascinación mutua empuja la violencia hacia lugares cada vez más oscuros, mientras la policía empieza a cercarlos sin entender del todo qué clase de monstruo hermoso tienen enfrente.
Contexto y trastienda
Cuando la película se estrenó en 2018, la recepción local estuvo atravesada por un debate curioso. Buena parte del público y de la crítica más tradicional se indignó con la supuesta glamourización de Carlos Robledo Puch, el asesino serial real en el que se basa libremente el guion. Se le retorció la nariz a la comedia negra y a la ligereza con la que se trataban crímenes aberrantes. El tiempo demostró la lucidez de Ortega (nadie lo vio venir en ese momento): la película no buscaba la biografía policial rigurosa sino capturar el espíritu de una época. Un detalle de trastienda que suele quedar fuera de los manuales rápidos es que Lorenzo Ferro —conocido como Toto Ferro— llegó al casting sin haber actuado jamás en su vida. Era hijo del actor Rafael Ferro, pero trabajaba como grafitero y skater. Luis Ortega lo vio en una foto en Instagram y supo de inmediato que ese rostro andrógino, ajeno a cualquier técnica acotada, era el único capaz de sostener la ambigüedad moral que exigía el personaje sin caer en la caricatura.
Por qué verla hoy
Años después de su paso por las salas, El Ángel envejeció con una salud envidiable justamente porque nunca intentó ser contemporánea. Funciona como una cápsula del tiempo psicodélica sobre la Buenos Aires de principios de los setenta, un fresco donde la juventud, la belleza física y la pulsión de muerte bailan un vals despreocupado. Verla hoy implica aceptar el pacto de dejarse seducir por un abismo estético donde la maldad más absoluta adopta la forma de un ángel rubio que sonríe a cámara.




