Apertura
Hay películas que se clavan en la memoria como un viaje que no te soltó nunca. Diarios de motocicleta es una de esas. No por el Che —o no solo por él—, sino porque logra algo raro: capturar el instante en que un pibe de 23 años, todavía con olor a facultad de medicina, se topa con la América Latina que no le habían mostrado en los libros. No es un panfleto, ni un homenaje póstumo. Es el registro de dos tipos que salen a la ruta sin saber que lo que van a encontrar les va a cambiar la vida. Y a nosotros, de paso.
La cámara se detiene en lo que importa: las manos callosas de un minero, el polvo de un camino que no lleva a ningún lado, la moto que tose más que avanza. Eso es lo que queda. No los discursos, no los carteles con su cara. La injusticia, cruda, sin maquillaje. Y el detalle que duele: décadas después, seguimos discutiendo lo mismo.
Sinopsis (sin spoilers)
Año 1952. Ernesto Guevara —"Fuser" para los amigos— y Alberto Granado, un bioquímico con más labia que plata, se suben a una BSA del '36 que parece armada con alambre y esperanza. Arrancan desde Buenos Aires con un plan vago: llegar a Venezuela. Lo que no saben es que el viaje les va a mostrar algo más que paisajes.
Cruzan los Andes como pueden, se pierden en la selva peruana, duermen en hospitales donde los médicos atienden con lo que tienen. Conocen a indígenas que les hablan de tierras robadas, ven minas donde los obreros trabajan hasta reventar, se ríen de sus propias miserias. La película no inventa nada: se basa en los diarios de los dos, pero lo que filma no son fechas ni anécdotas. Es el momento exacto en que dos amigos dejan de ser espectadores para convertirse en cómplices de lo que ven. Y eso, en el cine, es oro puro.
Contexto
Walter Salles y su hermana Daniela se mandaron un golazo: fueron los primeros en filmar en el Salar de Uyuni después de que lo declararan reserva natural en 1990. No fue fácil. Tuvieron que negociar con las comunidades aymara, que les permitieron usar una ruta de camellos para llevar el equipo. La moto, una BSA Ossa del '36, la restauraron mecánicos bolivianos con piezas que encontraron Dios sabe dónde. Hasta el sonido del motor es original: no hubo trucos, solo paciencia y aceite quemado.
Cuando se estrenó en 2004, acá hubo quilombo. Unos decían que era un Che para exportación, bonito y digerible. Otros, que mostraba al tipo antes de que se convirtiera en póster. En Estados Unidos le dieron ocho nominaciones al Oscar, incluyendo Mejor Película Extranjera, y eso encendió otro debate: ¿el Che como producto de consumo? Con los años, la película aguantó bien. La fotografía sigue siendo una belleza, la música de Santaolalla te parte el pecho, y en cualquier ciclo de cine latinoamericano la pasan como si fuera nueva. (Aunque, entre nosotros, a veces parece que la proyectan más afuera que acá).
Por qué verla hoy
Primero, porque te saca el Che de la cabeza y te lo pone delante de los ojos: un pibe flaco, asmático, que se ríe de sus propias torpezas. Verlo así —antes de la boina, antes de los discursos— es entender que la revolución no le cayó del cielo. Fue un proceso. Y uno lento, lleno de dudas.
Segundo, porque la ruta que hacen sigue existiendo. Los mismos pueblos, las mismas minas, los mismos hospitales donde atienden con lo que hay. La película no envejeció porque el continente tampoco lo hizo: las desigualdades que muestran están intactas. (O peor, quién sabe).
Tercero, porque la estética no es decoración. Esos planos largos, esos colores que queman, esa manera de filmar el paisaje como si fuera un personaje más... Todo eso te obliga a preguntarte: ¿viajamos para ver lugares o para que los lugares nos vean a nosotros?
Y cuarto —porque siempre hay un cuarto—, porque hoy, cuando el turismo se vende como "experiencia auténtica" (y te cobran fortunas por dormir en una carpa con wifi), esta película te recuerda que lo auténtico no se compra. Se encuentra. Y a veces, te encuentra a vos.
Si querés ver algo que mezcle historia, ruta y la intimidad de un tipo que se convirtió en mito sin querer, Diarios de motocicleta sigue siendo la opción. No te va a dar respuestas. Pero te va a dejar con preguntas que no se van fácil. Y eso, en el cine, es casi un milagro.





